Isabel Estuardo: La Princesa que desafió a su época.

Isabel Estuardo nació el 19 de agosto de 1596 en el palacio de Dunfermline, en Escocia. Era la tercera de los nueve hijos de Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, y de la princesa Ana de Dinamarca. Desde pequeña, se destacó por su ingenio, su gracia y su afición al estudio. Hablaba varios idiomas, entre ellos el francés, el alemán y el italiano, y se interesaba por la filosofía, la teología y la historia natural. Descartes confesó que no había conocido persona alguna que hubiese llegado a entender sus obras tan perfectamente como Isabel.

Su padre, que había heredado el trono inglés en 1603, la llevó a la corte de Londres, donde su belleza y su encanto cautivaron a los poetas, que la hicieron objeto de sus versos. También atrajo la atención de numerosos pretendientes, entre los que se contaban el rey Felipe III de España, el rey Gustavo Adolfo de Suecia, el rey Ladislao VII de Polonia y el elector Federico V del Palatinado. Isabel, que tenía un fuerte carácter y una gran independencia, rechazó a todos menos a Federico, por quien se sintió atraída desde el primer momento. Se casaron en 1613, cuando ella tenía 16 años y él 19, y se trasladaron a Heidelberg, la capital del Palatinado. Allí tuvieron trece hijos, entre los que se destacaron el príncipe Ruperto, famoso por su valentía y su habilidad militar, y la princesa Sofía, que fue la madre del rey Jorge I de Gran Bretaña.


La felicidad de Isabel y Federico se vio truncada en 1619, cuando los estados protestantes de Bohemia se rebelaron contra el emperador católico Fernando II y ofrecieron la corona a Federico, que era el líder de la Unión Protestante. Federico aceptó el ofrecimiento, pensando que contaría con el apoyo de su suegro y de otros príncipes europeos, y se trasladó con Isabel a Praga, donde fueron coronados como reyes de Bohemia. Sin embargo, su reinado duró muy poco, pues al año siguiente, el ejército imperial, comandado por el duque de Baviera, derrotó a las tropas de Federico en la batalla de la Montaña Blanca, cerca de Praga, y lo depuso. Isabel y Federico tuvieron que huir a Holanda, donde se refugiaron bajo la protección del príncipe de Orange.

A partir de entonces, Isabel y Federico vivieron en el exilio, sin renunciar a sus derechos sobre Bohemia y el Palatinado, que fueron ocupados por los católicos. Isabel se dedicó a mantener la esperanza y la dignidad de su familia, y a buscar apoyo para la causa de su marido. Se convirtió en el símbolo de la resistencia protestante y en la inspiración de muchos escritores, artistas y filósofos. Su correspondencia con Descartes, Hugo Grocio, Comenio y otros intelectuales de la época muestra su profundo interés por las cuestiones filosóficas, políticas y religiosas. También se ocupó de la educación y el bienestar de sus hijos, a los que inculcó el amor por la libertad y la justicia.

Isabel sufrió la muerte de su esposo en 1632, y la de varios de sus hijos, que murieron en la guerra o por enfermedad. Su hijo Carlos Luis logró recuperar una parte del Palatinado en 1648, gracias al tratado de Westfalia, que puso fin a la guerra de los Treinta Años. Isabel se reunió con él en Heidelberg en 1649, pero pronto regresó a Holanda, donde se sentía más cómoda. En 1660, su sobrino Carlos II fue restaurado como rey de Inglaterra, tras la muerte de Cromwell, y le ofreció volver a su país natal. Isabel aceptó la invitación y volvió a Londres, donde fue recibida con honores y afecto por el pueblo y la corte. Sin embargo, su salud estaba deteriorada y murió el 13 de febrero de 1662, a los 65 años. Fue enterrada en la abadía de Westminster, junto a los reyes de Inglaterra.

Isabel Estuardo fue una mujer extraordinaria, que vivió una época convulsa y dramática, marcada por las guerras religiosas y las intrigas políticas. Su vida fue una mezcla de gloria y tragedia, de amor y exilio, de sabiduría y pasión. Su legado se perpetuó en sus descendientes, que reinaron en Gran Bretaña, Hannover, Prusia y otros países. Su memoria se conserva en la historia, la literatura y el arte, como la de una reina sin corona, pero con un corazón de oro.

 Moctezuma Xocoyotzin 


Fue el noveno emperador de los mexicas, que gobernó desde 1502 hasta 1520. Su nombre significa “el que se enoja como señor”, y también se le conoce como Moctezuma II. Fue el último gran tlatoani de México-Tenochtitlán, la capital del imperio azteca, que se extendía desde Guatemala hasta el sur de Tamaulipas.

Moctezuma nació alrededor de 1466, hijo de Axayácatl y sobrino de Ahuízotl, sus antecesores en el trono. Desde joven se destacó como guerrero y sacerdote, participando en varias campañas militares y llegando a ser el sumo sacerdote de Huitzilopochtli, el dios de la guerra y principal deidad de los mexicas. También era un experto en la lectura de los códices antiguos, que le revelaban la historia y el destino de su pueblo.


Cuando asumió el poder, Moctezuma continuó con la política expansionista de sus predecesores, conquistando nuevos territorios y sometiendo a los pueblos tributarios. Bajo su mandato, el imperio azteca alcanzó su máximo esplendor, tanto en lo político, como en lo económico, social y cultural. Moctezuma era un gobernante autoritario y exigente, pero también generoso y protector con sus súbditos. Fomentó el desarrollo de las ciudades, el comercio, la educación, las artes y las ciencias. Construyó y embelleció numerosos edificios, templos, palacios y jardines. Apoyó a los poetas y a los artistas, y él mismo compuso algunas canciones de amor en lengua náhuatl.

Sin embargo, su reinado también estuvo marcado por las señales de mal augurio, que anunciaban el fin de su imperio. Moctezuma era un hombre supersticioso y temeroso de los dioses, que interpretaba los fenómenos naturales y los sueños como presagios de desgracia. Algunas de las señales que le inquietaron fueron: el incendio del templo de Huitzilopochtli, el desbordamiento del lago de Texcoco, el avistamiento de un cometa, el nacimiento de un niño de dos cabezas, y la aparición de una mujer llorando por las noches.

Estas señales se cumplieron cuando en 1519 llegaron a las costas de Veracruz los primeros españoles, encabezados por Hernán Cortés. Moctezuma, al tener noticia de su llegada, pensó que se trataba del retorno de Quetzalcóatl, el dios creador que había prometido volver del oriente. Por eso, les envió embajadores y regalos, y les invitó a visitar su ciudad. Sin embargo, los españoles venían con intenciones de conquista y saqueo, y contaban con el apoyo de algunos pueblos indígenas, como los tlaxcaltecas, que odiaban a los mexicas.

El 8 de noviembre de 1519, Moctezuma recibió a Cortés y a sus hombres con gran solemnidad, mostrándoles más sumisión que hospitalidad. Los alojó en el palacio de su padre, Axayácatl, y les permitió visitar el templo mayor. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que los españoles no eran dioses, sino hombres codiciosos y violentos, que querían imponer su religión y su dominio. Cortés, aprovechando la confianza de Moctezuma, lo hizo prisionero en su propio palacio, y lo obligó a entregarle grandes cantidades de oro y plata, y a reconocer al rey de España como su señor.

Mientras tanto, los mexicas se rebelaron contra los invasores, y los atacaron con furia. Moctezuma, desde su cautiverio, intentó calmar a su pueblo, pero fue rechazado e insultado. Algunas versiones dicen que murió apedreado por los suyos, otras que fue asesinado por los españoles. Lo cierto es que falleció el 29 de junio de 1520, a los 54 años de edad. Su cuerpo fue entregado a sus parientes, que lo cremaron según su costumbre.

Con la muerte de Moctezuma, se inició la caída del imperio azteca, que fue finalmente conquistado por los españoles y sus aliados indígenas en 1521, tras un largo y sangriento sitio a la ciudad de México-Tenochtitlán. Moctezuma fue el último gran emperador de los mexicas, y su figura ha sido objeto de múltiples interpretaciones y valoraciones a lo largo de la historia.

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